Ando Opinando

Encuentra aquí voces que desde sus propias experiencias analizan, reflexionan y debaten sobre diversos acontecimientos, historias y fenómenos que desbordan nuestra cotidianidad.

Por Esteban Miranda.

Hace algún tiempo, a propósito de la visita de la máxima autoridad de la Iglesia Católica a nuestro país, hacíamos una advertencia: había que tener cuidado con las ilusiones y realidades engañosas. En ese momento nos referíamos, particularmente, a lo que llamamos “el espejismo del papa Francisco”, aquella imagen extensamente difundida por los grandes medios de comunicación –y peligrosamente replicada por algunos miembros progresistas del clero y por las propias organizaciones de izquierda- de Jorge Mario Bergoglio como un “gran reformista”, un “papa revolucionario” e incluso como un nuevo referente de la Teología de la Liberación. Aunque reconocíamos algunos cambios al interior de la estructura eclesial, también indicábamos con fuerza que muchas de las señales que se aplaudían por demostrar “mayor cercanía y humildad” no dejaban de ser eso: señales.

Hoy el escenario parece haber cambiado drásticamente: en un inesperado desenlace, sin precedentes en la historia eclesial, 34 obispos han dejado sus cargos a disposición del Sumo Pontífice. Esta decisión, impulsada –no sin resistencias- tras la feroz –pero tardía- crítica del propio Bergoglio a la labor cómplice de los obispos chilenos en casos de abuso sexual sacados a la luz por el arzobispo maltés, Charles Scicluna, abre un interesante “campo de posibilidades” al interior de la Iglesia. Aunque todavía falta conocer en detalle cuáles serán las medidas tomadas por el Pontífice, lo cierto es que Bergoglio ya ha dado algunas luces sobre la necesidad de ir más allá de la coyuntura, señalado que “los problemas que hoy se viven dentro de la comunidad eclesial no se solucionan solamente abordando los casos concretos y reduciéndolos a remoción de personas”.

¿Qué esperar, entonces, de este nuevo “punto de tensión”? Desde nuestra perspectiva, Francisco tiene en sus manos la posibilidad de transformar, al fin, las señales en hechos concretos, el perdón en acción, las oraciones al cielo en transformaciones radicales en el Reino de esta tierra. En lo inmediato, debiese aceptar la renuncia de todos y cada uno de los obispos chilenos, verdaderos cómplices y encubridores, así como remover a Ricardo Ezzati de su posición de cardenal. Sí, es importante gritar fuerte “¡que se vayan todos!”, pero, ¿y luego qué?

Es hora que la coyuntura abierta por la renuncia de los obispos chilenos, hoy en las portadas de todo el mundo, permita a Jorge Mario Bergoglio asestar un golpe certero a las anquilosadas estructuras de la Iglesia que tantas veces ha señalado querer “oxigenar”. Por lo mismo, al mismo tiempo que debiese anunciar –no sólo para el caso chileno, sino como regla general en cada espacio donde la Iglesia Católica extiende su magisterio- una reforma completa a los mecanismos y procedimientos de ordenación, nombramiento, investigación y sanción de los miembros del clero, debiese extender sus reformas hacia una transformación que saque de una vez por todas a la Iglesia del “frío invierno” al que entró tras la asunción de Juan Pablo II. De lo contrario, cualquier cambio será parcial y limitado; con principio y fin ya anticipados por las mismas estructuras conservadoras que han facilitado y permitido abusos de todo tipo.

En ese sentido, el impulso de sectores progresistas en la Iglesia, el fortalecimiento de la acción misionera y del trabajo de base, la ordenación sacerdotal de mujeres, la apertura hacia la diversidad sexual o el potenciamiento de la acción laical son sólo algunos pasos que podría dar la Iglesia, si así se lo propone. No obstante, en una estructura resistente al cambio, la decisión de dar la primera zancada pasa por Francisco, pero terminará siempre por sustentarse en la capacidad y en la fuerza del “pueblo de Dios” para mantenerse firme en ese rumbo. Hasta entonces habrá que mantenerse cautos, pero expectantes. Momentos como este, donde el tiempo parece acelerarse y abrir horizontes nuevos, son propicios también para acelerar nuestro paso y extender al máximo el límite de lo posible.

Que se vayan todos, y que con ellos se vaya la Iglesia de Karadima, la Iglesia de Juan Pablo II, de Joseph Ratzinger, de la inquisición convertida en la Congregación para la Doctrina de la Fe. En Chile, que se vayan todos, y con ellos que se vaya, de una vez por todas, la dictadura. Que se vayan, pero para dar curso a otra Iglesia: la de Mariano Puga, Francisca Morales, José Aldunate, Karoline Mayer, Felipe Berríos y de tantos y tantas otras anónimas que hoy también deben estar celebrando, silenciosamente, la acción de las mujeres que, a torso desnudo y frente al estupor conservador, exigían una educación no sexista en el frontis de la Universidad Católica. Ellas, mucho más que los obispos, nos anuncian una Buena Nueva.

 


Frases

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción.”
-Emma Goldman