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Por Ramona, Loica y el Muchacho

Pónganse de pie frente al estrado aquellas personas que han osado llamar falazmente mentira a la armoniosa realidad que compartimos y que tanto nos ha costado erigir. Quienes han trastocado los valores de este tribunal y de toda y por completa la humanidad. Han querido borrar de la historia el trabajo de miles, la palabra de millones, el esfuerzo de tantos. Como en el pasado se le permitió a Sócrates pronunciar los versos de su delirio, seremos justos, bondadosos y misericordiosos otorgándoles a estos individuos la posibilidad última de arrepentirse y de objetar sus dichos sin sentido, incitadores del caos y el desenfreno.

Nuestra nobleza es tanta, que daremos la opción que cada quien, de forma individual, tal como han llegado aquí, se pronuncie sobre su actuar y pueda desdecirse y retractarse de todo acto cometido. Su arrepentimiento los hará tomar por suya nuevamente la libertad, volver a encontrarse con aquello que la locura les arrebató. Hemos brindado la oportunidad, ahora solo está en vuestras manos. Despójenlos de las cadenas que recubren sus muñecas y pies, este juicio se da por iniciado.

¿En serio piensan que quitándonos las ataduras que han puesto en nuestros cuerpos nos regalan un minuto de libertad, y nuestros dichos podrán ser realmente libres? Las cadenas no son solamente físicas. En este precisa instrucción dejan entrever lo que ya hemos denunciado y la razón por la que nos han traído aquí. En tu mano juez rector se vislumbra el régimen tirano que ha sometido al mundo entero. Tú. Rostro, dios de la justicia, eres uno más de todos estos personajillos que se dicen poseedores de la verdad; la palabra reproductora del orden que tanto les favorece.

Miren ustedes como al ser consciente de su finitud el animal aterrado quiso darle sentido a su pasar por el mundo, inventando el macabro juego del saber y el conocer. Maldito el día en  el que se vio desnudo, desprovisto de todo frente a la inmensidad. Maldito el momento en el que quiso resguardarse con el manto de la supremacía por sobre todo cuanto existe en el mundo. Fue tanta su soberbia que incluso tuvo que valerse de categorías al interior de su propia especie para justificar su actuar. Hizo de algunos esclavos, de otros ciudadanos y de los menos filósofos.

Filósofo. Buen amigo del saber, amante del conocimiento, quien se autoproclamó intérprete de la realidad y por creer que sabía más que todos, tuvo el descaro de llamarla verdad e imponerla.  Al abrir la ventana y verse expuesto al acontecer natural de las cosas, quiso anteponerse a los embates de la existencia misma, y bajo la categorización imponer sus propios límites. Lo que no sabía es que al hacerlo, desplumaba sus alas y daba por muerto su vuelo.

La verdad no podía levantarse desde los sentidos y pusiste la razón en el escalón más alto de la existencia. Requeriste descomponerlo todo para acceder a su elemento más ínfimo y así poder controlarlo y comprenderlo. Cuanto regocijo la ciencia con ello, pero con poca vergüenza llamando vida solamente a lo palpable y a lo visto. Alto, ¿cuán diverso puedo ser lo que yo veo y lo que el otro palpa?

Desde allí cerraste la ventana con tus manos, y detrás de los sólidos muros, sombríos pero sólidos, construiste el espacio en el que estabas seguro podías sobrevivir y dominar. Hiciste inmenso el castillo del saber, y en sus salones brillantes y relucientes, para ti, te jactaste de poseer la verdad absoluta. Aun así el radiante sol que se posaba afuera se coló entre las grietas de los ladrillos, proyectando sombras en lo que allí adentro yacía. Y a estas negras siluetas les diste nombre para darle sentido a tu permanencia en el palacio. Tanto más hay allá afuera y tú cobardemente oculto entre las paredes.

Te hiciste intocable, soberbio y arrogante. Tuviste que alejarte de tu especie, observar sentado desde la cúspide, jactándote de la objetividad como sustento a tu quehacer,  pues al esclavo no pudiste mirar y dar por hecho lo que decías. Y al darte cuenta que el  castillo construido  era insuficiente, y que las sombras no aseguraban tu trascendencia y te enrostraban tu finitud, inventaste el lugar en donde hallar la esencia de las cosas. Todo esto para reafirmar lo que antes ya defendías: el inmenso palacio. En tu iniciativa limitaste el camino de todo lo existente y para mantenerlo pariste desde tus sesos a otros tiranos.

Cuanta falacia en sus palabras ¿Que acaso no se cansan de repetir tanta barbaridad? ¿Y a eso le llaman pensar? He juzgado a asesinos, ladrones y locos, y jamás nadie me había dado tantos argumentos para encerrarlo. Por sus palabras no sé cuál será su destino. Defendiendo lo indefendible. ¿A dónde irán a parar? ¿Será una celda o un sanatorio? Quizás no habrá cura para esta enfermedad y lo único que puedo ofrecer a sus almas enfermas será la redención de la palabra de Dios.

¡¿Dios?! ¿Acaso me hablan de la figura en que la humanidad ha confiado para conferir  respuestas a todo lo que no encuentra dentro del castillo? ¿Resignarse al destino que Él ha puesto a los hombres? Dios, la mayor mentira de la humanidad y el sacerdote, su representante y voz en la tierra.

Sacerdote, heredero de la moral, portador de la palabra del Señor, creaste la culpa para someter a nuestro pueblo y le diste alma a cada individuo haciéndoles creer que esta trascendería hallando la paz en lo no terrenal. Con esto debilitaste el poderío, el impulso vital de cada ser, negando la posibilidad de crear lo nuevo al margen de lo divino. Tu libro sagrado, al que tanto te aferras, no es nada más que pura, interpretación pura, de la realidad. Límites tras límites, una y otras vez.

Llamaste virtud a la obediencia y pecado al desobedecer. Has apuntado con el dedo aquel que ha negado la palabra de Dios, y castigado a quienes no profesan su  moral. ¡Valientes los herejes que no quisieron condenar su vida!

Arbitraria la religión, que ha determinado el bien y el mal, dejando el instinto en el orden de lo moralmente incorrecto. Cuantas veces predicaste la compasión haciendo de ella el sostén de la redención. Nada vale cuanto hagas en la vida, misericordioso sea Dios quien perdona. Amo y señor del perdón.

Hombre disfrazado bajo la túnica sin color, tu Dios es castrador de la vida y del deseo, y por Él cuanta sangre derramada, tanto esclavo sometido. Convertiste a la mujer en el mayor de los pecados y su existencia en doble esclavitud. Seguiste propagando el miedo, maldito tirano, haciendo de la vida la búsqueda de un refugio moralmente correcto.

Pregonando sobre el amor, amor al prójimo, a Dios y a la fe. Pero que desfachatez renegar del amorío sin potencia, del poder sentir y sentirse. Tu amor grandilocuente rodeado de murallas, de definiciones preconcebidas. He ahí en ese amor solo norma y ley. Lástima aquellos que profesan tu palabra, privados del arrojo al empape del amor. Pobre de los nuestros, rabia por el pueblo al que mal enseñaste amar por compasión.

Soberbia y arrogancia. Venir a compararse con la figura de nuestro creador.  No sé si sentir lástima o hacer recaer sobre ustedes todo el peso de la ley. Solo puedo decir que denle a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

¿Cuántas cabezas ha tenido el opresor? Venir hablarnos de lo justo quien solo ha defendido la tiranía. Vuestro régimen, aunque con dolor también el nuestro, se ha valido de normas y reglas, de leyes y castigos para trazar la vida bajo el argumento de la sana convivencia. Y el pueblo, nuevamente, ha tragado esta falaz mentira, pues todo esto es un simple disfraz.

Tras la máscara escultural se esconde el putrefacto interés por controlar la vida entera. Han pretendido salvaguardar sus escuálidos deseos, nacidos de lo inhóspitos y lo vulgar: la dominación y el poder. Y en este impulso has obligado a firmar el peor de los contratos, en el que habéis obligado a ceder la mayor de las bellezas, el instinto cursor de nuestras fuerzas. A cambio, has ofrecido ilusorias regalías, faustuosas y miserables al mismo tiempo. ¿Qué es eso del derecho? ¿Qué es eso del deber?   

Has osado llamarte la voz del pueblo, en banderas y escudos tu rostro se ha dibujado. Defensor de la patria. Gobernador, si un día fuiste rey,  hoy el juego de las urnas te quita la corona caída desde el cielo. Pero de nada vale.  Tanta promesa inconclusa, tanto figura desfilando con camisa de distinto color,  y aun así en su paso nada  ha dejado. Solo se ha perpetuado el  resguardo de tus  privilegios.

Tus escuderos descerebrados, desprovistos del pálpito, arrebatados de pensar, han sido protectores de todo el engranaje del que tú eres cabecilla. Has proscrito para los pueblos el ensamble de la seguridad. Queriendo dar luz a cada rincón desconocido, todo con tu obtuso  afán de la dominación.  Conquista y vigilancia, nos has dado a los oprimidos. Feroz ha sido el costo del maldito pacto social.  

Has sembrado el miedo, el pavor y la desolación,  dejándonos en claro que el destino de todo pez contracorriente no es nada más que la muerte. Nos educaste para ser esclavos, servidores y rastreros, haciéndonos desconfiar unos de los otros. Reforzaste la idea  de que éramos incapaces y que tú solo tú podrías hacer y ser por nosotros.  Mataste de pies y cabeza la fuerza del  colectivo, maldito bastardo.     

Orden en la sala. Sus insultos y palabrerías me demuestran una vez más que ha sido un error dejarlos hablar.  Pero aun así  nuestras leyes son réplica de democracia que toda palabra puede y debe ser escuchada por este tribunal. Por última vez pediré respeto y sépanlo desde ya: su sentencia está dictada.

En tu espalda cargas la embestidura de todos los débiles y malogrados, amante del objeto material, rasguñas cuanto puedes para hacer crecer tu falsa riqueza. Como dios tienes al dinero, por la moneda has matado y esclavizado. Rodeado de oro y joyas, pretendes ser ejemplo y digno de admiración. Tu máxima consigna: el tener.

Tu pulso vital es la abundancia sin saciedad;  desplegando el látigo en cada fábrica. Obreros, obreras, cuanta herida en sus manos al tener que producir la eterna comida del burgués. A cambio del peso infame, dejaste de ver la luz de día, apagaste la llama del presente.

Mercader, que bellos zapatos llevas, pero que poco has caminado. Siempre sentado en tu trono, mirando desde arriba ningún paso has dado.  Como bombea tu corazón cuando ves el sudor en la frente ajena, cuando vez el llanto en el rostro del sometido. ¿Y todo para qué? para hacer de tu riqueza algo más grande que la vida misma. En este estrado nos han tomado por locos, pero dígannos qué más enfermo que la avaricia que corroe los cuerpos de los amantes del capital.  

Por conveniencia has hecho de los miserables tus mayores aliados, jamás amigos, menos enemigos. Filósofo, sacerdote y gobernador todos tus lacayos, pues bien saben que al echarte el pan a la boca algo de migajas habrán de recoger. Aunque ni siquiera al mirarlos vislumbras un destello de amor; ni hablar de empatía. Solo te importa resguardar lo que ya tienes y lo que piensas llegar a tener. Has hecho familia para dejar un legado, la riqueza que de otros has tenido para estampar tú nombre en la historia.     

De la tierra, el cielo y el mar has hecho una mercancía, otorgándoles valor y condición de bóveda inagotable. Has hecho del tiempo un bien destinado al trabajo y de la explotación el mayor de tus logros. Poniendo el pie sobre la humanidad te has sentido más fuerte que nadie. Pero, ¿qué fuerza puede poseer un sujeto como tú? En cada orden que das revelas tu debilidad. Eres el más pobre de todos, el más desposeído. Defender la riqueza recubre tu máxima pobreza. Solo eres lo que tienes; nada bueno hay en ti.

Antes de finalizar, reconoceremos al mayor de los fantasmas que ha rondado la historia de la humanidad. Es aquel que nos ha permitido nombrar, decir y desdecir. Es la sombra potente que hasta a nosotros nos ha hecho posible-imposible pronunciarnos frente a este tribunal. Ni nuestros sentires y ni nuestros pensares podrán ser representados en el dicho arbitrario, limitado y profundo servidor del orden.

Lenguaje. El primer régimen de la opresión: la palabra. Sin ella todo lo que hemos denunciado no hubiera sido posible, tampoco la débil fuerza de la tiranía podría haberse manifestado sin esta poderosa herramienta.

Antes que este tribunal sentencie nuestros cuerpos, no así a nuestro pensar, reconocemos al lenguaje como el arma más punzante de los tiranos. Bien sabemos que todo lo que digamos se sirve de este afilado cuchillo, pero aun así, lo bello, la libertad, puede aplastar cualquier verso cobarde. Aunque usemos la palabra de la opresión, su puesta en ejercicio nos encamina hacia la liberación, hacia el encontrarse con la vida.

Este tribunal ya ha sido lo suficientemente moderado al escucharlos, pero seguimos siendo los que tomaremos la decisión de sus perdidos rumbos. De los arrepentidos es el reino de los cielos, sin embargo en sus palabras no se oye más que desesperación y delirio. Testigos de su locura, no nos queda más que enviarlos a encerrar para así frenar su colérica fiebre. El juicio ha terminado.

*Este texto fue escrito para la cátedra “Epistemología de la comunicación”, dictada por el académico Juan Pablo Arancibia, en el Instituto de la Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, durante el primer semestre del 2016.

 

 




 

Frases

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción.”
-Emma Goldman