Letras

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Por Quiltro, Ilustración Jihrecr 

Y ahí estamos. Como en la escena de una película equivocada, como en la boca de un animal maldito, como en el suspiro de una esperanza ajena. Parece otro país. Otro territorio. Un país del norte, uno que vive en la ilusión de libertad, progreso y ascenso social. Una utopía capitalista de la opulencia. Sin embargo, es la violencia la que nos alcanza. No pertenecemos a esa escena. Todos y todas se encargan de dejárnoslo claro. Somos el peligro que acecha, la razón de los guardias militarizados en sus entradas, el miedo que subyace a sus pesadillas. Somos sin querer l-s violentadores y ellos y ellas las víctimas. Ese es rol que nos asignan en esta película, en la que ellos y ellas creen son protagonistas. 

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Son las ocho de la mañana y estamos listos para salir. Mi hermana, las bicicletas y yo. Hacía ya un año con un par de meses que mi vida había cambiado, literalmente de la noche a la mañana, cerrando los ojos en bus semi-cama y dejando las lluvias del sur. Al abrirlos el paisaje era desolador, diferente al que la vida había acostumbrado a mis sentidos. La erosión de la tierra, lo seco del aire, la mezcla de olores que a cada respiro torturaban mi nariz, el hedor a tubo de escape, mierda y queso descompuesto, el ruido interminable, se sumaba al sol que penetraba con ira mi piel. Había llegado a Santiago. Eran las ocho de la mañana y ya estábamos list-s para salir. La idea era conocer algo que durante mi estadía no había conocido. Íbamos a conocer la zona nororiente de Santiago: los barrios ricos.

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 Cuando pequeños nuestra madre y padre nos llevaban a conocer los barrios de la llamada “clase media” y la Villa Miseria, nombre curioso que se le da al territorio donde las clases altas construyen sus casas, en Osorno, mi ciudad natal. Nunca tuvo sentido para nosotros y nosotras las mansiones que se construían en lo alto de los montes que rodeaban el agujero donde se encontraba el centro. Desde abajo no se veían las enormes casas, pero desde arriba si se veía todo. En ese momento, en la inocencia de un niño, todo ese paisaje no representaba más que ficción. Algo surrealista, incomprensible. Mi madre miraba y decía:

-Pobre gente, no se deben encontrar nunca dentro de esas casas tan grandes.

Eran las casas de la llamada “clase media”, de setenta o noventa metros cuadrados, las que hacían brillar los ojos de mi padre y madre, criados en la pobreza más cruda, esa que se escapa de la imaginación. Esas casas, para ella y el, para nosotros y nosotras representaban un lujo, un sueño.

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Los pedales estaban algo duros y sumado a la inclinación que se produce al empezar a llegar a las faldas de la cordillera, pedalear se transformaba en un trabajo que daba placer y cansancio al mismo tiempo. Estaba nublado, pero con unos 26 grados, una temperatura no muy agradable para alguien del sur. Estábamos felices. Hacía tiempo que no nos veíamos. El paisaje comenzaba a cambiar. Los edificios de Providencia invadían la mirada y el espacio con violencia, alzándose con vidrio, metal y cemento sobre el suelo. El aire era espeso y la piel se impregnaba de él mezclándose con el sudor. El paisaje ya era distinto. Había mas verde. Más inversión. Más “progreso”.

Yo la miré. Me devolvió la mirada. Era algo a lo que no estábamos acostumbrados. Continuamos bordeando la Costanera Norte hasta llegar a un club de golf en las Condes. Una gran porción de área verde artificial, casi sin árboles, con pozas y sonrisas artificiales. De grandes camionetas bajaban con grandes perros. De autos nuevos bajaban con ropa deportiva. Se saludaban. Se sonreían.

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Mis primeros meses en la capital fueron una pesadilla de la cual no podía despertar. Mis movimientos se reducían a unas pocas comunas. Ñuñoa, Estación central, Santiago centro, San miguel y de vez en cuando Macul. No eran comunas marginales, pero desde mis ojos no había calidad de vida. Ni para ellos, ni para mí.

El ruido, el sabor en el aire, la falta de humedad se sumaba a un exceso de gente deambulando con apuro por las calles. Las miradas de desconfianza eran más comunes que un saludo. Ya nadie saluda en la capital. Solo miedo tienen sus ojos. En la calle, la gente baja la mirada cuando paso o me observan con rabia tomando una postura defensiva ¿Es que quizás creen que les haré algo? ¿Es como me visto? ¿Es como camino? Ninguna de esas preguntas estaba correcta. No era yo a quien temían, era a cualquiera.

El metro colapsado se transformó en un nuevo suplicio del que tuve que aprender. Gente en piloto automático. Maquinas desconectadas eran llevadas y llevados como novillos a un rodeo para su maltrato. Una voluntaria obligación nos hacía subirnos al vagón, a pelear por adquirir un puesto en el.

En las micros llenas, me convertía en un violentador de las mujeres que me rodeaban. Era la mirada “masculina” la que las desnudaba, las tocaba, las abusaba. Yo me convertía en un violentador por la acción de mis pares, crianza y naturalización. Me parezco a ellos, aunque no quiera hacerlo, pero mi presencia es igual de violenta. Los ojos de hombres mayores penetraban en el pantalón o falda de una niña, adulta o joven, no discriminaban. Sus caras se transformaban con la excitación de sus pantalones. No podía hacer nada. Miraba hacia el suelo buscando una salida a mi mirada perturbada. No quería dañar a ninguna, pero mi silencio cómplice lo hace.

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Nos detenemos en una gran construcción. Parque Arauco se llama. Curioso nombre de origen mapuche para una edificación grotesca que se alza como capilla para las clases altas. Amarramos nuestras bicicletas. La curiosidad nos lleva a entrar.  Es extraño, dentro del lugar parece haber toda clase de gente. Algunos y algunas le sacan fotos a los edificios que rodean el mall, otros y otras a las piletas, a la gente ¿Qué es lo que buscan? Se ve que no pertenecen ahí, sus rostros desean, pero sus bolsillos no pueden ¿Qué es lo que buscan? Quizás solo sentirse parte del progreso que la televisión y los políticos anuncian.  Salimos hacia los patios interiores. Ahí ya no hay todo tipo de gente. Hay una siniestra homogeneidad entre los que se sientan a comer. Es su ropa, su olor, su mirada. Decidimos seguir. Pedaleamos por distintas calles con un paisaje similar. De un momento a otro el Metro se acaba y el camino se empina.

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El sueño de la casa de “clase media” fue alcanzado. Que más se podía pedir. De vez en cuando, cada par de años íbamos a ver la villa miseria de Osorno. Éramos más grandes. Mi mirada ya no era inocente.

¿Cómo pueden vivir así? -pregunté-
Hijo -dijo mi padre- para mucha gente ahora nosotros también somos ricos.
El problema es que su riqueza no les permite ver a los demás. Viven en su burbuja -dijo mi madre-

No lo entendí en ese momento. ¿Cómo ignorar el vivir ajeno?

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Las piernas ya acalambradas impedían seguir subiendo en bicicleta. Comenzamos a caminar. Lo verde de los patios se mezclaba con la erosión propia de la altura. El camino estaba lleno de curvas. Las casas se construían directo en la roca, mirando el paisaje, mirando hacia abajo. Desde el cielo un globo de seguridad vigilaba con cámaras de última tecnología. Descansamos un momento sentados en una banca mientras comemos galletas. El tránsito es solo de autos y rara vez de una micro. Estamos en medio de casas enormes construidas en el suelo más caro de Chile.

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Costó meses para que la cotidianidad de Santiago no me afectara tanto. Pero el trastornado vaivén de la gente continuaba perturbándome. No es como en el sur, aunque la explotación es enorme al igual que acá, allá la naturaleza te proporciona un descanso, el aire otorga más tranquilidad y la ausencia de ruido un mejor sueño. Allá sigue siendo el mismo abuso, día tras día, pero los viajes al hogar no duran tanto. La gente sale tan cansada como de cualquier trabajo, pero donde su metro cuadrado se respeta y no se ve invadido en su viaje a casa. Ese sur lluvioso y consumido por forestales, latifundios, hidroeléctricas y violencias de otros tipos, que aún se resiste, junto con su gente, a convertirse en el espejo de Santiago.

Siguen inquietándome los rostros cansados y disgustados de los miles de anónimos y anónimas con los que comparto espacio, aire, sueños y olores. Esas filas para tomar colectivo o micro. Los empujones e individualismo para alcanzar un lugar dentro de un vagón de metro colapsado. Me sigue inquietando el cuándo terminará la mecha para que explote el grito por la dignidad.

***

Llegamos a la cima, donde se han construido universidades tan conservadoras como sus vecinos. Nos vemos cansados y sudados. Caminamos por las calles que rodean la montaña. Los condominios y casas como en todo Santiago rebosan de seguridad. Pero aquí las rejas son más altas y el voltaje más fuerte. Una patrulla pasa cerca de mí y de mi hermana. Entramos a un supermercado que se encuentra al lado de la Universidad del Desarrollo. Pedimos papas fritas para llevar. La trabajadora a cargo las pone a freír. Pasado unos 10 minutos llega una pareja, se nota que son de aquí. La señora los mira y les pregunta con una sonrisa:

¿Que desean?
Papas fritas -responden-.

Saca de la freidora las papas rebosantes de aceite y las seca. Las sirve, y se la pasa a la pareja amablemente.

 Enseguida les tengo sus papas -nos dice mirándonos sin ningún gesto mientras saca otra bolsa de papas fritas del congelador -.

Salimos del supermercado. Y seguimos caminando con nuestras bicicletas a un lado. Nos sentamos en una banca que bordeaba un sendero frente a varios condominios con enormes casas. Conversábamos mientras comíamos papas fritas de una bolsa de cartón. Diferentes autos de un precio elevado pasaban frente a nosotr-s. Algun-s miraban extrañados. Otr-s como si no existiéramos. En un momento un Audi negro con vidrios polarizados se detiene frente a nosotr-s. Avanza unos cinco metros y se detiene nuevamente en la entrada de un condominio. La persona se baja, habla con el guardia y se va. Luego de eso la mirada del guardia nos perturbó tanto que seguimos caminando. Un grupo de jóvenes nos queda mirando. Nos ven con desprecio y miedo ¿Es que acaso nuestras tés no coinciden con sus estándares? ¿Es que creen que vamos a por sus bienes o que tal vez somos portadores de alguna enfermedad? Sea lo que sea que pasa por sus mentes no se quitan de nuestro camino. Son al menos 10. Pasamos entre ellos, ninguno se mueve. Nos miran y sonríen de forma grosera. Seguimos caminando con nuestras papas fritas en la mano.

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Y ahí estamos. Sentad-s en una banca mirando hacia la ciudad. Estamos sobre ella, en un panóptico, en una torre de vigilancia invisible. Desde abajo estas casas no se ven, pero desde arriba se ve todo. Extraña coincidencia con la villa miseria de Osorno. Estamos sentad-s en una banca, cuestionándonos todo.

 Dentro de Santiago se creó otra ciudad para los que tuvieron la suerte de nacer en una cuna de oro. Pero al mismo tiempo es una cárcel o mejor dicho un fuerte que impide que otros u otras entren. Ignoran lo que pasa afuera de sus muros y sus verdes pastos. Le temen a la pobreza que ha creado su riqueza. Le temen a los que no son como ellos y ellas, y por eso construyen rejas con mayor voltaje y contratan a ex militares para sus puertas.

Y ahí estamos, como en la escena de una película equivocada, sentados en una banca. Comiendo las pocas papas fritas que nos quedan. Estamos en un lugar equivocado, en otro país, en un territorio ajeno, esperando impacientes a ver como la mecha, que una vez pensaron eterna, se acorta para explotar.

 

 

 

 

 

 

 

Frases

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción.”
-Emma Goldman