Letras

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Es relativamente fácil encontrar a alguien que venda yerba en la Ciudad de México. Había comprado un par de veces antes, pero nada muy diferente a lo que se llama “fino” en Chile. En mi afán por encontrar otros tipos de mota, llegué a Tepito, uno de los barrios más peligrosos de la Ciudad de México.

Por Anexi

El metro del mismo nombre o la siguiente estación (Lagunilla) te abre paso a uno de los tianguis más grandes de la Ciudad. Un persa de decenas de cuadras, pasillos, galerías y comercio ambulante, me esperaba apenas a la salida del metro.

Era día domingo cuando dos amigas y yo fuimos al sector. Sólo una de nosotras conocía el lugar. Caminábamos sin apuro entre carros de tacos y paletas de frutas con polvo de chile (ají en polvo) para luego, entre una y otra vuelta, adentrarnos a una vecindad. La mayoría de nosotros tiene la noción de vecindad por el Chavo del 8, pues bien, el lugar era muy parecido, pero sin el barril, sin triciclos y sin niños.

Un gran portón de lata dividía la calle del comercio legal del ilegal. Ya estábamos dentro y no podríamos salir con las manos vacías.

Caminando despacio por la vecindad, un reggeatón violento se escuchaba de fondo y al final de un pasillo de unos 7 metros, habían hombres sin polera, unos sentados, otros parados con perros encadenados que nos ladraron apenas nos olfatearon. Las miradas llegaban directamente a mí, era la extranjera güera, físicamente muy diferente a todas las personas que se encontraban en la vecindad, incluidas mis amigas. Sabía que esto no era más que un intercambio de intereses. No podía pasar a mayores.

Una de mis amigas, aquella que conocía el lugar, con un par de palabras en voz baja nos dice que la sigamos. Lo hicimos. Caminamos por unos mini pasillos dentro de la misma vecindad dejando a todos los hombres atrás, menos a uno, nuestro proveedor. No hay palabras, no hay risas. La seriedad y el nerviosismo eran mi realidad en ese momento.

Nos hicieron subir una escalera de madera muy endeble hasta una pieza de 9 metros cuadrados aproximadamente. Apenas voy llegando al cuarto, el aroma de victoria entra por mis fosas nasales. Nuestro anfitrión es el último en subir la escalera. Dentro del cuarto había una mesa que abarcaba casi todo el lugar, una repisa, y otros cajones. Sobre la mesa, se posaban cinco bolsas -tipo basura- transparentes absolutamente llenas de marihuana. Cada bolsa tenía un papel con números: 10, 12, 15, 18, y 20. Aquellos eran los precios del gramo de cada tipo de mota que tenían en esas bolsas: 400, 500, 600, 750 y 800 pesos chilenos aproximados respectivamente.

Con toda soltura, el dueño de casa, encima de esa mesa paradisiaca, al lado de la gramera deja un arma. En ese momento nos dice: “¿Qué van a querer?”. Yo, disimulando mi nerviosismo e intentando a la vez no decir “todo”, comencé a preguntar precios y nombres. Mi acento extranjero le hizo gracia al hombre de metro ochenta que estaba al otro lado de la mesa.  Con una sonrisa me comenzó a mostrar su mercancía. En la repisa tenía más bolsas, pero no trasparentes. Él las sacó y las abrió: diferentes colores y aromas llenaban el espacio. Los precios eran considerablemente más elevados que las otras bolsas: estaban entre los 200 a 600 pesos mexicanos, entre 8000 y 25000 pesos chilenos, el gramo.

Una vez elegidas los tipos y las cantidades, el hombre nos pregunta si queremos otras drogas. Nos ofreció cuadritos (LSD), pericos (cocaína y sus variaciones), hongos, y otras más. Rechazamos su oferta. Yo en ese momento sólo quería salir de ese cuarto con mi compra.

Bajamos la escalera y comencé a caminar lento por dónde entramos. Una de mis amigas me indica que no podemos salir por el mismo lugar por el que entramos, esas son las reglas. Llegamos nuevamente donde este grupo de hombres con perros, dimos la vuelta y había que cruzar una cortina que da hacia un restaurante de barrio. Antes de salir del local, pagamos 10 pesos por cada una a la dueña del establecimiento, era la cuota para poder salir sin sospechas de la vecindad.  

En un país marcado por la violencia, la corrupción, los femicidios y en narcotráfico, me encontraba yo, con casi 20 gramos de la mejor marihuana y 5 gramos de hachís hechos bolita, bajando el metro y encaminándome hacia ese entonces mi casa para comenzar la degustación. Era mediodía.

Frases

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción.”
-Emma Goldman