Estudiantil

La ola las empujó y supieron subirse a ella. De toma fantasma en San Joaquín a asambleas efervescentes en el campus Oriente, las estudiantes dieron su asalto mayor el 25 de mayo: después de 32 años, la Casa Central de la Universidad Católica amanecía tomada. Más de un mes después de la ocupación feminista, y con la movilización de mujeres ya en descenso, tres de sus voceras relatan los tres días conviviendo en Alameda 340.

Por Tomás García Álvarez.

Viernes 25 de mayo, 5.30 am. Después de una noche de planes imprecisos, cerca de doscientas mujeres salen de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile. El edificio, también tomado en ese entonces por sus estudiantes, las albergó hasta que se abrieron paso por el Puente Pío Nono en dirección a la Casa Central de la UC.

En el grupo que avanza por la Alameda va Daniela Pinto, consejera territorial de Ciencias Biológicas. La motiva cuestionar la normalización de la violencia al interior de la universidad, que dice, toca a mujeres, disidencias y también a los hombres. “Empezamos a descifrar y a darnos cuenta de que habían algunos focos conflictivos. Habían compañeras que habían sido abusadas, violentadas, acosadas, que todo se había llevado con un secretismo muy propio de la iglesia católica”, sentencia Pinto.

Su carrera, Bioquímica, comenzó a organizarse días antes de acordar la toma. Pero algunas carreras de la universidad ya llevaban un tranco avanzado. En la Facultad de Sociales, por ejemplo, levantaron la primera asamblea de mujeres a raíz del caso de La Manada en España y la muerte de la niña Ámbar. La efervescencia fue tal, que terminaron tomándose la facultad. Una toma fantasma eso sí, por las repercusiones que podía traer.

Catalina Cabello, vicepresidenta externa del centro de estudiantes de Sociología, también mantiene paso firme hacia la Casa Central. Lleva dos semanas de paro en el cuerpo y cree en la acción que están cerca de concretar. “Como medida de presión. Esto se viene en serio, el petitorio es en serio. El rector ni siquiera fue capaz de abrirnos las puertas, ni recibir nuestro petitorio”, afirma.

Eso y más se tocó en las asambleas separatistas, replicadas en distintas facultades, aunque en las carreras más masculinizadas de la UC no fue siquiera una opción. En la Facultad de Ingeniería, cerca del 75% del estudiantado son hombres. Más que por opción, por necesidad, en ese lugar las asambleas fueron mixtas. Macarena Maggi, estudiante de sexto año de esta carrera, cuenta que la tarea estaba en hacer que “los hombres entendieran lo que estaba pasando. Hubo mucha polémica por esto, pero en un territorio que está dominado por hombres, era necesario”.

El trote continúa; su destino a metros de ellas. Cruzan la calle Portugal e ingresan galopantes a los salones principales de, como dicen las voceras, “la casa conservadora del país”. Cuando se tomaron la universidad jamás pensaron que estarían más de una hora. De hecho, creían que la orden de desalojo iba a ser inmediata. Lo que nació como un acto simbólico de visibilización se convirtió en mucho más que eso: un enfrentamiento con la autoridad que trajo consigo mesas de negociación y vigilias de la prensa. También de adherentes al movimiento feminista. Las estudiantes entraban por la puerta principal, debajo del cristo que saluda la Alameda, a hacer historia; o más bien, a comenzar a escribirla.

De nuestro lado el Santísimo

Ya con las entradas de la Casa Central cerradas, les costaba creer lo que habían logrado. Pasaron las primeras horas y no estaban en sus casas almorzando, ni en la comisaría detenidas, como pensaban que sería luego del inminente desalojo. Pero eso nunca ocurrió. La toma estaba siendo efectiva y tenían que comenzar a organizarse, quizás, como nunca antes.

Adentro, las piezas se movían para concretar algo nuevo, sin fórmula conocida. Llamaron a la primera asamblea de toma, juntaron la comida y los útiles de aseo. Afuera, la prensa permanecía expectante, y adherentes y detractores debatían sobre la legitimidad de la acción, entre ellos, el profesor de derecho, Álvaro Ferrer. El académico opositor a la “ideología de género” solicitó con camuflada desesperación sacar la figura del Santísimo desde el interior del edificio. La respuesta fue un no rotundo. La razón era sencilla: “el cristianismo no se opone al feminismo”.

"Nosotras no vamos a entregar el Santísimo, porque la única razón para que alguien quiera sacarlo de este lugar, es porque Dios abandonó el lugar. Y Dios está con nosotras". La frase es recordada por Macarena, quien comenta la sorpresa que les provocó escuchar a gran parte de mujeres católicas contrariar la petición del profesor. “Fue un argumento que jamás se nos había ocurrido”, reflexiona Catalina Cabello.

Esa parada en seco sentó un precedente, principalmente, en el diálogo con la autoridad. Pero la desafección con la movilización también se replicó en el estudiantado. Javiera Rodríguez, estudiante de Periodismo y consejera superior, fue una de las férreas opositoras a la toma. Tras protagonizar un desafiante encontrón en el frontis de la Universidad Católica, argumentando que “no puede ser que mi universidad y la de todos los estudiantes se la estén tomando”, visitó algunos canales de televisión y concedió entrevistas a la prensa acusando falta de representatividad en la toma que por ese entonces llevaba algunas horas.

“Al conservadurismo le duele ese tipo de manifestaciones; está mucho más articulado y se presta a la ridiculización, a que todo sea muy violento. En el fondo, a pesar de que nosotras nos articulamos y logramos movilizarnos, siempre estábamos con esa carga de tener a la gente más conservadora en contra de todo esta movilización”, sostiene Daniela Pinto.

En alemán y contra la toma

Aunque no tan recordada, fue en 1986 cuando la Casa Central de la UC era tomada por última vez. En distintas casas de estudio, l-s estudiantes resistían los embates dictatoriales y en la Universidad Católica no fue distinto. La movilización del 9 de julio de ese año desató la represión al interior del plantel y terminó con la expulsión del estudiante de Periodismo, Dauno Tótoro. Siete días más tarde, l-s estudiantes volvían a tomar la Casa Central, exigiendo al rector Juan de Dios Vial retroceder sobre este medida.

Aunque con amplias distancias, la persecución a la movilización -que data de años atrás- afloró con la toma feminista. Las tres voceras concuerdan que el episodio más violento vivido al interior de la ocupación fue el actuar de un profesor de Derecho junto a sus estudiantes. Un grupo importante ingresó como pudo a la universidad y resguardó los patios que no habían sido tomados por las estudiantes. Todo esto, según indican, con prepotencia.

“Dijeron expresamente que iban a llamar al GOPE para que nos sacaran. Entraron por el hospital y por donde sale el camión de la basura. Después, ellos decían que estaban acá para protegernos. Que si ellos estaban acá era por si venía el GOPE, siendo que ellos habían firmado una carta para que así fuera”, asevera Daniela.

Así también, Catalina comenta que un profesor de Derecho conversaba en alemán con sus discípulos para evitar que el resto de las personas entendieran. “Estaba el profesor tomándose unos piscos con los cabros de derecho. Las trabajadoras estaban limpiándoles el desorden que había hecho, porque pidieron comida ¡en una toma! Pizzas, sushi, chela, y las tías tenían que limpiarles y las trataban mal”, afirma Cabello.

Sin embargo, otro fue el relato que reinó con los opositores. Macarena Maggi comenta que se instaló la idea de “que dentro de la toma estábamos tomando y que estaba todo sucio”. La estudiante de Ingeniería desmiente estas acusaciones. “Dentro de la toma fue todo muy organizado: habían cuadrillas que se encargaban de la limpieza, se trapeaban los baños como tres veces al día (...) gente que ordenaba los patios, basurero en todas partes para las colillas porque fumábamos caleta”, comenta Maggi.

Las feministas pasaban el primer día de toma repudiadas por algunos y aduladas por otras. Estaban levantando organización en la cuna del gremialismo, donde estatuas de papas y obispos se yerguen relucientes. Pero la creciente experiencia, hasta el momento muy pintosa, también traería conflictos inesperados.

Consensos para negociar

La primera reunión con las autoridades quedó fijada para el sábado 26 de mayo. Sin haber visitado sus casas, llegaron al encuentro con el respaldo de la asamblea y tres puntos claves bajo sus mangas. “Los puntos los tratamos durante todo el viernes en la asamblea: queremos esto, cómo lo vamos a decir, de qué manera, Decidimos que esos puntos iban a ser los puntos mínimos para empezar a negociar”, recuerda Catalina Cabello.

Exigieron la destitución del profesor Martín Chuaqui, acusado de violencia intrafamiliar; el pago de sueldos y solución a las irregularidades de trabajador-s subcontratados; y el compromiso de no sumariar a quienes habían participado de la toma una vez fuera depuesta. Sus peticiones fueron escuchadas con atención por seis miembros del Consejo Superior, entre ellas Lorena Medina, decana de Educación, William Yang, director de Asuntos Estudiantiles, y el rector Ignacio Sánchez. Los ánimos que masticaron antes de la primera reunión cambiaron radicalmente cuando se sentaron con las autoridades.

“A las personas que íbamos nos ponían en un lugar muy complejo porque las compañeras que estaban en la toma no tenían ninguna confianza en la autoridades”, cuenta Daniela Pinto. Las tres voceras concuerdan en que las negociaciones se hicieron complejas debido a que existió un “espíritu dialogante” por parte de las autoridades que no esperaban. “Eso hacía muy difícil de bajarlo a la asamblea donde había gente muy reacia a la autoridad en sí (...)  Algunas creían que negociar era claudicar”, sentencia Pinto.

Las dirigentas reconocen que el mayor conflicto fue la inexistencia de “cultura organizativa”. La falta de conducción las llevó a discusiones calurosas que se extendieron horas y a votaciones repetitivas que a veces les hizo perder el foco. “Cuando una levantaba un poco la voz para decir "ya, paremos el hueveo", era como "autoritaria. Te querís llevar los créditos. Ándate", recuerda Maggi.

Fue así como, después de una nueva reunión el día domingo junto al Consejo Superior, y habiendo bajado la información a la asamblea de mujeres, el lunes 28 de mayo las estudiantes tomaron la decisión de poner fin a la toma. Habían garantías para hacerlo. También la disposición para crear mesas de trabajo para tratar cada uno de los puntos presentado por las estudiantes; aunque no todas estuvieron satisfechas.

En retrospectiva

“Estamos por territorio conformando los equipos de trabajo de nuestras aliadas que van a ir a las mesas. Para que sigamos todas siendo parte de esto, complementando desde nuestras áreas, desde nuestros conocimientos”, comenta la estudiante de Sociología, Catalina Cabello.

Para Macarena Maggi, más allá de “las ganadas”, lo relevante de la toma fue encontrarse con personas con las que jamás antes se había cruzado. “A pesar de estas infinitas diferencias, que crees que no tienes nada en común, estaba ese fin de luchar por lo que es justo. Y lo que es injusto, nos afectaba a todas por igual. Eso era muy enriquecedor”, afirma.

La diversidad, aquella afanosamente proclamada por estos días, la experimentaron desde cerca, por ejemplo, reconociendo a otras identidades. “Había un abanico de personas demasiado diverso. Conocí muchas concepciones de género que no conocía antes de la toma. Género fluido, no sabía que existía. Es como fluir entre ser hombre y mujer”, comenta Maggi.

Más crítica es Daniela al hablar sobre la ocupación. “Pensábamos que estábamos haciendo feminismo en esa toma, y no entendíamos que en realidad estábamos defendiendo un frente de batalla. Que no teníamos que hacer yoga en la toma, que no teníamos que estar todo el día en asamblea. Lo que teníamos que hacer era ejecutar. A nosotras nos iban a sacar sí o sí de ese lugar, nos estaban dando tiempo”, sentencia.

Luego de la bajada, se implementó el cambio de nombre social en la Tarjeta de la Universidad Católica (TUC) para personas trans; comenzó el diseño del logo para los baños no binarios y las mesas de trabajo buscan su curso en medio del cierre de semestre. Avances que fueron posibles gracias a la movilización, reconocen las estudiantes.

La experiencia las hizo encontrarse y poner la discusión sobre la violencia de género en la mesa del rector. Cuestionaron a la iglesia, hicieron enfurecer a parte del estudiantado y vivieron tres días en una toma que pocas contarán. Hoy, son enfáticas al señalar que este fue el comienzo de un proceso “histórico”. “De aquí pa’l futuro”, concluye Cabello.

*fotografías por Amanda Aravena L.

 

Frases

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción.”
-Emma Goldman