Memoria

Desde fines del siglo XIX que Chile comenzó a recibir palestinos en sus tierras. Aunque en un principio llegaron más hombres que mujeres, ellas no tardaron en posicionarse fuertemente. Esta es una parte de la historia de Sumaya Abughosh, una de las tantas palestinas que vive en el país y que ha debido enfrentarse a cuestiones culturales muy diferentes. Y otras que no tanto.

 Por Amanda Aravena L.

“Pero, ¡¿cómo nos vinimos a este país?!”, le gritaba desesperanzada Shaffie a Jabra, luego de haber visto por primera vez bajo la luz del sol al pueblo de Illapel, cuyos grandes cerros con escasa vegetación destruían su ilusión de llegar al país en el que tenían grandes expectativas y una promesa de buena vida. La familia Abughosh había llegado a la localidad la noche anterior, en noviembre de 1951, luego de un largo viaje que se inició en Beit Jala, Palestina, y que luego de alrededor de tres meses terminó en el árido pueblo de la cuarta región.

Desde la Primera Guerra Mundial, Palestina estuvo bajo mandato británico, hasta 1948 cuando pasó a manos del Estado de Israel. Pese a la resistencia árabe, que tenía una baja preparación militar y una fuerte desventaja ante Israel, el avance judío fue imponiéndose y apoderándose poco a poco del país. Fue bajo este clima de inestabilidad, inseguridad y temor que, en 1951, Shaffie Lahsen y Jabra Abughosh partieron junto a sus seis hijos: Sami, Samir, Sumaya, Samira, Selim y Sohel, y la abuela Myriam, en busca de una nueva vida en el continente americano. “Nos vinimos por la guerra”, cuenta Sumaya Abughosh, quien en ese entonces tenía 15 años, y agrega que “si nos quedábamos, mi papá y hermano mayor tenían que irse al Ejército”.

Como Shaffie, Myriam, Samira y Sumaya, muchas mujeres emigraron de su país y llegaron a Chile en busca de una mejor vida. Sin embargo, escasas veces lo hacían por su propia voluntad; la mayor parte del tiempo llegaron motivadas por su marido, hermano o padre, pues en Palestina se retrataba una realidad no tan diferente al resto del mundo: era el hombre quien solía tomar las decisiones familiares.

Fue así como los Abughosh partieron desde Beit Jala a Beirut, desde Beirut se fueron a Marsella y desde Marsella a Barcelona. Allí vivieron alrededor de dos meses realizando trámites y esperando los pasajes que les llevarían al continente americano: “el Nuevo Mundo”. En Buenos Aires les esperaba uno de sus familiares que vivía en Chile desde 1927, con quien viajaron en tren hacia Illapel, donde vivirían por los siguientes tres años.

Foto de familia Abughosh en 1938. De izq. a der.: Samy, Sumaya, Shaffie (al medio), Samira y Samir.

Las olas de inmigrantes palestinos

Chile es uno de los países que concentra la mayor colectividad de palestinos después de los países árabes. Y es que, desde la década de 1890 hasta la actualidad, familias completas e individualidades han decidido cruzar el océano Atlántico para venir a establecerse al país; pero en una situación muy distinta a la de los colonos alemanes que desde 1845 el Estado chileno había invitado a poblar el sur de Chile: los palestinos no tuvieron ninguno de los beneficios que a los europeos se les había entregado, como los terrenos para establecer industrias en diversos rubros, por lo que su asentamiento fue mucho más complicado y esforzado.

Según el doctor en Filosofía y académico del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile, Kamal Cumsille, la primera ola de inmigrantes se debe a la decadencia y las guerras del Imperio Otomano entre la década del 1890 hasta la del 1930. Luego, con la instalación de Israel y el comienzo de la guerra árabe-israelí en 1948, surge otra ola migratoria. “La primera expectativa que tienen (al venirse a Chile) es de llegar a un lugar seguro y estable, ya que están escapando de condiciones de guerra. Luego, de tener oportunidades de trabajar y un ascenso económico”, señala el académico.

La llegada de palestinos ha sido una constante a lo largo de los años. En la actualidad, según cifras estatales, son alrededor de 400 mil las personas de origen palestino que viven en Chile. A su llegada, se insertaron principalmente en el comercio callejero. Con el tiempo se especializaron en el bazar o en la paquetería, como se relata en La inmigración árabe en Chile: los caminos de la integración de Lorenzo Agar y Antonia Rebolledo. Más tarde, se convirtieron en los principales exponentes de la industria textil en el país, impulsando el carácter comercial del barrio Patronato en la comuna de Recoleta, donde hasta el día de hoy se mueve fuertemente la población palestina.

Además de lo anterior, el asentamiento de los palestinos en el barrio Patronato se explica en su característica tendencia a la agrupación, ya que las relaciones familiares tienen un espacio privilegiado para ellos. Esta “unidad política”, como lo califican Agar y Rebolledo, se materializa en el hamule, un clan que agrupa distintas familias, de distintos apellidos, pero con quienes se comparte en comunidad y que tienen incidencia, directa e indirectamente, en el comportamiento social de aquellos pertenecientes al clan familiar.

Palestinas en el trabajo

La familia Abughosh vivió en Illapel durante tres años desde su llegada, donde enfrentaron las primeras diferencias culturales en este país que era tan distinto al suyo -a excepción del clima, que era muy parecido al de Palestina-. A los tres meses, Sumaya aprendió a hablar español. Solo Selim y Sohel, sus hermanos menores, fueron al colegio en Chile. Ella no, y cree que tal vez fue por el miedo a la discriminación que allí podía sufrir; les llamaban “turcos” de manera ofensiva. Así que aprendió a leer y escribir un poco gracias a una profesora que iba a su casa a enseñarles a bordar a ella y a su hermana Samira.

Años más tarde, cuando los Abughosh se introdujeron en la industria textil y tenían su propia fábrica, el padre Jabra, y su hijo mayor Sami, fueron quienes se encargaron de la administración de la empresa; contratar gente, comprar las telas y recogerlas, dársela a las mujeres chilenas que trabajaban con ellos e ir al banco, entre otras labores. Sumaya, por otro lado, se ocupaba de atender la tienda. “Los hombres no son para estar sentados en el negocio, son para moverse”, opina Sumaya.

A su llegada en el año 1951, los roles de género propios de su cultura no distaban mucho de los arraigados en la sociedad chilena. La mujer se dedicaba principalmente a las labores domésticas; a la cocina y a la crianza de sus hijos. Sin embargo, Marcela Zedán, directora del Centro de Estudios Árabes de la Universidad de Chile, en su artículo Presencia de la mujer árabe en Chile de 1994, plantea que la mujer, por lo general, participa a la par con el varón en las distintas empresas de carácter familiar, como lo es el área comercial.

De acuerdo al texto de Zedán, hombres y mujeres tienen distintos roles dentro del trabajo debido a la distribución de tareas propia de cualquier empresa, pero gran parte de las mujeres siempre ha participado activamente de éste. Las palestinas no eran relegadas exclusivamente al hogar, pero sí tenían obligaciones y responsabilidades domésticas que el género masculino no. 

¡Gente besándose en la calle!

En la calle Eusebio Lillo, pleno barrio Patronato, se encuentra el restaurante El Majrur, con mesas y sillas en el exterior bajo un toldo que cubre del sol. Allí, al igual que en muchos otros locales del sector, venden distintos platos árabes, como el shawarma (carne sazonada), harise (dulce de sémola) y el típico café árabe bien cargado, preparado en una cafetera directamente al fuego, el cual suelen servir como acto de hospitalidad.

Productos a la venta en El Majrur, barrio Patronato.

Fatena Ghawali, de 60 años de edad, es una de las cocineras del local. Llegó al país hace dos años desde Beit Jala; había enviudado recientemente y sus cinco hijas e hijos ya estaban grandes y casados. Así, motivada por su hermano que es uno de los dueños del restaurante, decidió emprender camino a Sudamérica. Sin hablar mucho español -y con la ayuda de Sumaya quien, pese a vivir hace 65 años en el país latinoamericano, puede comunicarse perfectamente en árabe- comenta algunas de las diferencias culturales que le impactaron al llegar a Chile.

“Hay mucha libertad. Me choca un poco porque allá no se ve la relación entre hombre y mujer como aquí. Eso de salir a pololear no se da. Si se gustan, pueden salir, pero no solos; siempre van acompañados de la familia de ambos”, cuenta Fatena. Loai Abedrabbo, el socio de su hermano, también palestino que vive hace 22 años en Chile, concuerda con ello: “Me acuerdo que cuando mi hermana estaba de novia, yo salía con ella. La acompañaba”.

Sumaya Abughosh cuenta que cuando su familia llegó en 1951, pese a estar en un país donde estas costumbres no se veían, su familia no dejó de practicarlas. “La mujer tenía que pedir autorización del padre y a la familia para dar los primeros acercamientos al hombre: conversar o visitarse. Si salían, siempre era con alguien más; una hermana o un hermano, pero nunca solos”. Pese a que su padre no era tan exigente en este sentido, su hermano mayor era quien más la restringía. “No me dejaba salir. Para las mujeres era muy feo que conversaran con un hombre de su edad, a los 15 años, en la calle o en la puerta. Una vez peleó con un niño que conversaba con una de mis primas por la ventana”, cuenta.

“Aquí vas en la micro o el metro y hay parejas abrazadas besándose. Allá no se ve eso, ni siquiera ahora. Pero ha cambiado: ahora las mujeres pueden decidir no casarse con alguien y antes no”, dice Sumaya. Tradicionalmente la mujer no tiene mayor poder de decisión al momento de casarse. El novio y su familia iban a pedir su mano, y era su padre quien decidía si el matrimonio se concretaba o no. Eso sí, la estrictez de esto siempre dependía de la familia.

También había diferencias en cuestiones más cotidianas. “En Palestina, las mujeres no pueden fumar en la calle. Es mal visto”, cuenta Loai Abedrabbo. Pero sí lo hacían escondidas, como Sumaya, que comenzó a fumar a los 15 años y que nunca lo hizo delante de su hermano mayor ni de su padre hasta que se casó. Desde ahí no tuvo problema.

Mujer como transmisora de la cultura

Al año 1994, alrededor de un 72 por ciento de los matrimonios de la población árabe en el país eran exogámicos, es decir, entre una persona chilena y otra árabe. En un tercio de estas uniones, era la mujer quien se casaba con un chileno.

Sumaya recuerda aquella vez que, cuando ya vivían en Santiago, le contó a sus primas que venían de Perú, que tenía un pololo a escondidas. Ellas fueron a contarle a su papá. Pero él fue comprensivo y le dijo que lo llevara a la casa para conocerlo. Así, Francisco, el chileno con el que estaba saliendo, llegó a su casa y la familia lo aceptó. Al tiempo, llegó con su madre y padre, como era la costumbre y a modo de respeto, a pedir la mano de Sumaya. Así fue como, a los 30 años, Sumaya se casó con quien después de un tiempo tuvo tres hijos.

Sumaya Abughosh en barrio Patronato.

Sumaya, a pesar de haberse casado con un chileno, asegura que ha logrado transmitirles la cultura a sus hijos. “Me arrepiento de no haberles enseñado el idioma, pero no tenía tiempo. Iba de la casa al negocio y del negocio a la casa”, lamenta.

Sin embargo, la perduración de su cultura es fuerte y queda testimoniada en las tradiciones que mantiene la comunidad. Cuestiones como la estructuración del grupo familiar, comer platos típicos árabes, la formación religiosa, la conservación del idioma, entre otras, sí se mantienen en la actualidad. Cada familia tiene distintos niveles de arraigo y, asimismo, reproducción de sus costumbres. Esto depende de las circunstancias en que llevan sus vidas en el país, y qué tanto se han involucrado con la comunidad palestina en Chile.

Además, hace muchos años que es socia del Club Palestino, lugar de reunión de su comunidad en Chile, y que les ha permitido seguir agrupándose, conociéndose y conservando su cultura hasta la actualidad.

Al respecto, Kamal Cumsille señala que “el tema de la transmisión de la cultura es súper importante en la mujer, pero no significa que en la cultura palestina o árabe haya un rol especial para la mujer como transmisora de la cultura. Eso ha tenido que ver con una cosa de rol de género; la mujer es madre y ha tenido más asignado que el padre la crianza de los hijos. En ese sentido, es obvio que se le señale como quien transmite la cultura”.

Así como muchas otras mujeres extranjeras, Sumaya se estableció en el país y tuvo que enfrentarse a las diferencias culturales de dos lugares que, pese a la distancia, tienen cuestiones similares cuando de género se habla. Mujeres influenciadas por decisiones tomadas por su padre, su hermano o su marido y dedicándose a la crianza no es algo muy fuera de lo común en cualquier parte del mundo. Pese a venir de lugares, culturas e historias diferentes, palestina o chilena, el ser mujer trasciende cualquier frontera.

Frases

“Un cambio social real nunca ha sido llevado a cabo sin una revolución… Revolución no es sino el pensamiento llevado a la acción.”
-Emma Goldman